Article de MARINA CALATAYUD * publicada en El País 25/11/2011
La violencia sobre las mujeres no es algo nuevo, ni coyuntural en nuestra sociedad. Tiene un origen antiguo y complejo y, por ello, se hace extremadamente difícil su erradicación.
Que se la considere como problema y como delito públicos es ya un importante avance y permite que la visibilicemos como la peor manifestación de la desigualdad de mujeres y hombres en la sociedad moderna. La ciudadanía ha de saber que su causa principal es el poder que sobre las mujeres ejercen los hombres, a los que se ha atribuido tradicionalmente superioridad, que incluye la posesión en exclusividad y, por tanto, poder de fuerza y sometimiento. Y ha de rechazarla por sus graves consecuencias, pero también por la terrible injusticia que supone.
Visibilizar igualmente los perversos mecanismos de reproducción (el amor romántico, por ejemplo) de esa estructura de poder, que ha usado a las mujeres como transmisoras de valores que las someten, es otro paso para su erradicación. En ello, como en todo lo anterior, ha sido vital la contribución del feminismo y de los movimientos de mujeres, que nos han permitido contar con herramientas de análisis y trabajo científico y que han logrado con su constante esfuerzo situar en la agenda política la necesidad de políticas públicas de igualdad de mujeres y hombres y contra la violencia de género, políticas que siguen siendo vitales para que la nuestra sea una sociedad cada vez más decente.
La legislación española, que es de las más avanzadas de Europa, todavía es reciente y está en pleno desarrollo de su potencialidad para alcanzar su principal objetivo: conseguir en la sociedad un cambio de modelo para que las relaciones entre los dos sexos estén basadas en la igualdad y la libertad.
La clave del éxito ha de estar en la educación; hay que educar en igualdad, tolerancia y respeto. Es obligación de todas las Administraciones y de la sociedad en su conjunto. Hemos de ejercer nuestra pequeña influencia en la educación en valores. Todas las personas estamos moralmente obligadas a ello.